jueves, 26 de marzo de 2015


El rescate



 
Escribió la palabra “fin” y apagó la computadora. Se quedó mirando un rato largo la pantalla negra, como esperando que esa negrura le contestase alguna de sus tantas preguntas.
Marisa escribía cuentos infantiles. “siempre con final feliz” le pedía su editor. A Marisa le gustaba su trabajo, lo disfrutaba y si bien sabía que la vida no siempre nos da finales felices, creía que tratándose de cuentos para niños así debía ser.
Le gustaba tener ese poder de controlar el destino de los personajes. Le parecía –en cierta manera- una especie de reparación a todas aquellas cosas que en la vida real no podemos manejar y se nos dan, o nos pasan.
Su último trabajo, ese cuento que acababa de terminar había sido especialmente pedido por su editor. “Escribe algo clásico, los clásicos siempre funcionan. Escribe sobre una princesa que es rescatada por un príncipe” había dicho y Marisa, a su pesar, lo había hecho.
El recurso de una princesa rescatada por un príncipe le parecía tan usado y antiguo que hasta le resultaba ofensivo para los niños. Había muchos cuentos de ese estilo, demasiados tal vez ¿por qué tenía ella que agregar otro a la larga lista?
De pronto, corrió ese pensamiento de su mente para detenerse a pensar en qué bello sería que esa fantasía fuese cierta y posible en la vida real.
¿Por qué no encontraba ella a un príncipe valeroso que la rescatase de los fantasmas que la asechaban? No es que no fuese feliz, lo era tanto como se puede ser en el mundo que está fuera de los libros, pero aún así a veces ansiaba ser rescatada y puesta a salvo.
Marisa no vivía en un cuento y no podía esperar a que un joven apuesto la rescatase de las cuentas para pagar, la enfermedad de un ser querido, la muerte de otro, las desilusiones que a veces sufría y no, no podía esperar un príncipe.
La vida real nos da otras herramientas para enfrentar las dificultades y debemos ser nosotros quienes nos rescatemos del encierro que suframos, sea del tipo que sea. Marisa sabía que no era una princesa, que era ni más ni menos que una mujer común que no vivía en un castillo y que su vida en nada se parecía a un cuento de hadas.
Prendió nuevamente la computadora, buscó el cuento que acababa de terminar y lo leyó nuevamente.
Al llegar al final, se dio cuenta de algo. Sus cuentos la rescataban, la escritura lo hacía, su trabajo era el encargado de sacarla de la torre imaginaria y llevarla a un lugar donde estuviese a salvo.
Marisa escribía con amor, era su vocación y no tenía cualquier trabajo, su trabajo era escribir, crear, fantasear, imaginar.
Se percató que mientras creaba, sus angustias desaparecían, que mientras imaginaba, todo era posible, que cuandoterminaba una historia con un final feliz, empezaba a creer en ellos de verdad.
Valoró más que nunca ese don que Dios le había dado porque si bien su vida no se modificaba con sus historias, su mente sí lo hacía.
La escritura, la creación, los personajes y su destino eran sus príncipes valientes, sus caballeros armados, sus jóvenes montados en nobles corceles que venían por ella.
No se trataba de que de la mano de sus personajes y sus historias, se solucionasen mágicamente sus problemas, pero sí se trataba de hacer algo que iba más allá de su realidad. Era la magia que se apoderaba de sus pensamientos negativos y los corría por el tiempo que durase la creación.
Marisa supo, tal vez más que nunca, que el camino de la salvación interior era su trabajo. No hay un solo modo de sentirse rescatado, hay tantos como almas hay en la tierra.
Fue entonces cuando se sintió más tranquila porque entendió lo que siempre había sabido y no se había dado cuenta. Su trabajo tenía ahora otro sentido porque más allá de ser una manera de ganarse la vida y una vocación, era su modo de alejar fantasmas, monstruos y hechizos.
Prendió nuevamente la computadora dispuesta a escribir otra historia, una más que vendría a rescatarla para hacer de ella un ser libre y feliz, como en los cuentos.
Fin